La banda funde otra canción. Su cantante, adorable roquero de peluche, trenza frases cándidamente, esgrime las muecas del rock a la inversa, con la estampa de una gelatina petrificada; es un héroe accidental duro de vergüenza. Arriba y abajo del escenario, algunos engordan el cuerpo de la neblina con humo del humor, otros del tóxico y todos con el de la respiración, mientras la tarde también se achancha sobre la Plaza Francia, casi al final de la última jornada del Festival Ciudad Emergente.
Detrás del peluche roquero, trovador abundante, como prófugo del Mercado Central, los demás músicos caminan encorvados el escenario, inclinados ante su destino recoleto, inmersos en su propio remolino, laberinto de melodías en ruido, que hacen vidriera para nosotros, la gente normal. Es domingo: “Ellos no van a trabajar mañana”, me dice una amiga. Para la fiesta del mundo sólo se puede optar por uno de tres disfraces: de tigres, de monos y de osos. El único que nos mira desde allí arriba es el peluche roquero. Algo sabe que nosotros ni sospechamos. Oculta el bulto como travesti, se hace el perfecto boludo; todo eso nos intriga. Pero su acting no vale ni 1 punto de Moria en el reino de Marcelo, en el que hay todo tipo de disfraces. Empieza a confesar un delito ajeno con todo el cuerpo, la cara de gelatina se le despierta, dibuja muecas de truco para todos los flancos; como emitidas por pasta de hablar las frases que teje distan de ser leves. Ahora es un buchón incontrolable sudando baldazos de agua. Los demás músicos siguen buscando la moneda quimérica que los enlace a otro pase, otra licencia que les permita salirse a cada uno de su calesita, siguen, también, sin articular el mínimo amague de levantar la vista. Cómplices de un delator, no, no, no. “El mató a un policía enamorado”, nos dice el peluche. Todos festejamos.
Ahí mismo me imagino a un malón de policías motorizados marchando tensos y ordenados, con las muelas apretadas y una música de insultos rabiosos rebotando en las cavidades donde bailan sus cerebros, hacia la terraza del Centro Cultural Recoleta para arrasar, en redada diabólica, con todos nosotros. Si eso sucediera: “Arte, Arte, Arte”, diría Marta con su nariz de blanca palidez entre las gafas. Marta no dice otra cosa nunca y, supongo, eso está bien, si encontró su discurso, claro.
EMPM
Festival Ciudad Emergente
29 de junio de 2008










