El vuelo del sello Ultrapop cumple -y dignifica- sus primeros diez años manteniendo la altura del sistema simbólico que une las coordenadas entre pichones nacidos para esto –la música y el delirio- como los internacionales Stereolab, The Breeders, Yo La Tengo, Cat Power, Cornelius y Café Tacuba, sumados a autóctonos como Babasónicos, Daniel Melero y Estupendo, entre tantísimo buen ejemplo por ahí. Un staff de especialistas y fanáticos que ha avivado el fuego sagrado en más de 800 recitales regionales y más de 20 giras fronteras afuera, y que ha compartido sueños con sellos amigos, desde Matador, pasando por Warp, Chemikal Underground y Bizarro, hasta Record Makers y Go4 Music.
El plus de Ultrapop, como festejo y obsequio compartido, es la convocatoria que lanzaron para alentar el ánimo de despegue de los otros artistas. Serán bienvenidos proyectos de muestras, intervenciones, performances, instalaciones y eventos, que se realizarán de manera tradicional en su nidito de arte de la calle San Martín y/o como intervenciones no obvias para todos los espacios dispuestos allí, ya sea en la sala de muestras, pasillos, baños, fachada, restaurante, puertas, paredes y demás posibilidades. A pensarla.
“Es poca la gente que escucha cosas no mainstream”
Hay artistas que sólo crean a partir de la alegría, otros, de la desesperación. Todo es posible, todo es conjugable. Y la indie es una familia de desconocidos que siempre ha estado unida a estos espíritus extremos. En cualquier cuarto del planeta habrá un chico y una chica jugando con instrumentos análogos (cada vez menos) y virtuales (cada vez más) entre mp3’s favoritos, revistas de rock y buenas intenciones. La imagen del cliché que recurre a la parejita de músicos sensibles arroja nombres a baldazos: hay tantos, que no vamos a priorizar ningún ejemplo. Salvo por el dúo Dënver, oriundo de la comuna chilena de San Felipe (perteneciente a la V Región de Valparaíso en el Valle del Aconcagua), en el que canta Mariana Montenegro, una mantenida con sueños y pesadillas. “Yo no trabajo, aún me mantienen mis papás. Si has sacado un disco en formato del original es casi imposible sustentar los gastos. En cambio, si has grabado un disco en formato casero, es mucho más fácil. Aún así, es difícil, no sé qué pasa por acá, pero es poca la gente que escucha cosas no mainstream”.
Mariana y su amigo Milton Mahan, el que carga la otra mitad del sueño, crecieron como crecen los chicos de los interiores latinoamericanos: desatormentados. Quizás por eso, de adolescentes acercaron sus oídos al temblor de bandas noise y a la lectura de resistencia como primer sabotaje discreto al estancamiento. En el camino, la novela de escape de Jack Kerouac, fue la que inspiró su nombre en 2005. El ímpetu de esa influencia, sumado a la necesidad de tocar cada vez más y de profundizar sus estudios universitarios, les excitó la idea de instalarse en Santiago, donde logran compartir escenario con Gepe, Coiffeur y José Gonzáles, y asumir su crecimiento. Tras unos meses de vida atormentada en la capital chilena, los fichó el sello Neurotyka, que les edita en volúmenes recopilatorios las canciones Anden 6, Miedo a toparme contigo y Los últimos veranos, y les propone publicar su primer LP (Totoral, de 2007) más la grabación de algunos videos, que profundizan el imaginario sonoro y lírico de sus temas. “Nuestros videos son autogestionados y por lo general la idea proviene tanto de nosotros como de quien lo dirige. Amigos de otras bandas o gente que hemos ido conociendo gracias a la música, los han dirigido”. A ese primer disco, que salió tras el EP Solenöide (2006), lo grabaron en situación casera, cotidiana, acatando la disciplina de la naturaleza dejada atrás hacía poquito, provocando una lenta inundación de canciones que fue anegando la nueva ciudad que los cobijaba.
“Hemos ganado un concurso del Gobierno para grabar el sucesor de Totoral, así que lo haremos en un estudio profesional. A medida que uno va tocando, va conociendo otras bandas y generando lazos. No sé si sea una escena, pero sí, hay grupos con los que simpatizamos y solemos tocar en vivo. Además compartimos a nivel de colaboraciones musicales, visuales o videoclip”. También los gustos mutaron: “Como he estado encargada de la parte orquestada del nuevo disco, me han influenciado La Buena Vida, E.L.O, Beach Boys, Buddy Richard, Barry White, entre otros”. El nuevo disco, “orquestado y electrónico al mismo tiempo” -adelanta Mariana-, cuenta con la producción de Cristian Heyne, “quién nos ha guiado muy bien hasta el momento” -cruza los dedos-, y será lanzado en marzo del año próximo. Para la grabación y los shows antes-durante-después de ella, el dúo ha sumado nuevos integrantes. “Nuestra idea siempre fue ser instrumental. Si antes no lo éramos, era por una cosa de recursos. Ahora, hemos tenido la suerte de conocer gente de otras bandas que han accedido a tocar en Dënver”.
Nosotros, que solemos escuchar música no mainstream, esperamos toparnos pronto con ellos en Buenos Aires: “Obvio que deseamos presentar el nuevo disco allá. Pero eso depende de si podemos contactarnos y producir bien algo”.
Las fotografías de Irving Penn se remontan a un mundo hace tiempo perdido, ya que, en pos de ajustar razones, los años 40 en Nueva York, en donde comenzó su carrera a la eternidad mentando las tapas de la revista Vogue, son un hábitat cultural tan ajeno e imposible como el Parque Jurásico de Mr. Spielberg. Debemos tener en cuenta que la ciudad Sinatra aún estaba impregnada de una luz ribereña, que la radio era la modernidad y si no llevabas sombrero, eras visto como un ratero sin producción o un homeless desalineado. Hoy, los de la primera y la última calaña, llevan viseras o gorras de béisbol. La moda del reo ha cambiado, es cada vez más inmadura.
Las constantes que buscó el fotógrafo norteamericano fueron cierta elegancia, una feliz resignación en el gesto, del trabajador corriente y cierta determinación en profundizar la pertenencia del artista al status de lo prodigioso. Retrató a celebridades de toda moral como Truman Capote, Miles Davis, Stravinsky, Picasso, Ingmar Bergman, Janis Joplin, Hitchcock y Marlene Dietrich, y a common people como plomeros, vendedores, bomberos, carniceros y empleadas domésticas. La mirada de Penn ubicaba a ambos grupos en un estado no cotidiano para ellos, para nosotros, guarecidas sus espaldas por la nada, sin fondos ni signos, sin ambientes de utilería ni de realidad: el cuerpo del retratado a secas, calzando la estrategia de su estampa artística o laboral. A veces se desentendía de la gente, se ocupaba de sus sobras, objetos de dudosa prestancia, como colillas de cigarrillos, frutas podridas y ropa vieja. Y nunca dejaba que el aburrimiento lo alcanzara en su vida, en su trabajo; iba de Nueva York a París, de ahí a Londres, de ahí a Nueva Guinea, de ahí a Camerún, de ahí al desierto de Marruecos, de ahí a rodearse de tribus indígenas del Perú, las cuales retrató fuera de su contexto; recibió menos aplausos que críticas por esto. También, como todo hombre, tuvo su párrafo amoroso; en 1950 se casó con la modelo Lisa Fonssagrives, su otra obsesión favorita.
Ah, Penn se murió, o no se dejó alcanzar una vez más por el tedio, a principios de octubre; con 92 años aún vivía en Manhattan, rodeado de primitivos.