Que la imagine, y siga imaginando
Imaginen como hilo conductor del Todo a Dios, el Irónico, deliberando en soliloquio qué gracia y qué desgracia aplicar a cada uno de nosotros. Imaginen que su Gloria asume la forma humana de cada uno de los mortales, a quienes da eso que bien saben hacer y eso que mal saben hacer. Imaginen –aquí un ejemplo certero, ya escrito por su protagonista- que su Gloria asume la forma humana de Borges, a quien le da los libros y la noche. ¿No es fino, señora? Imaginen ahora que su Gloria asume la forma humana de Maradona, a quien le da la gambeta lúcida y decidida en la cancha y la lengua rústica e insegura fuera de ella.
Imaginen, y sigan imaginando, a Maradona (nuestro Diegol Fijo: “Chu chu pá pas man, chu chu pá pas man”) en sus treinta y pico, sabiendo que el reloj biológico del baile del barrilete cósmico se le acaba, falta poco-poquito-nada, y él está pegándole -como si fuese ella- a una cuestión mundial (“¿Por qué estoy partido en dos? ¿Soy el atrevido genial de las canchas, la amenaza sublime, aquel que hasta los rivales idolatran, los que me dan la espalda cuando hago un tiro libre para no perderse mi obra? ¿O soy el de las conferencias de prensa, el del día a día y noche a noche, el que aviva con su boquita piantada a los enemigos mercantiles imperialistas que debutaron con un pibe y que acorralan a mi amigo Fidel, otro que se mueve re gato entre la soberbia y la insensatez?”), buscando el gol de la respuesta existencial, así, con toda la sabiduría del Kamasutra futbolero: que con la zurda endiablada desde cualquier ángulo; que con la mano, esa que no se lava desde que la tocó en el aire de México 86 ante los ingleses, la mano en puño cerrado de la victoria sodomita del mismo tipo divino -“¡el mejor amigo Argentino, el Barba, che!” (se ha ganado esa intimidad, el Otro lo llama Pelusa o Pelusón of dust milk)- que lo puso en esta confusión paralizante; y hasta prueba con la derecha que tanto abomina.
Y nada, frustraciones, a ella la abraza el arquero, que también vuela a ambos lados para llegar juntos, la desordena con el juego de los dedos, la saca por arriba con una nalgada (“¡un arquero me la birla!”, se recrimina Diego), da en los palos, en el travesaño, y se va a fuera, al mar de la tribuna, que se la devuelve en una marea rápida porque el tiempo apremia, porque precisan el éxito que los embrutece, que es como esas cosas que nos ayudan a vivir, aunque mucho es como una anestesia y no nos están operando (¿Nos están operando?), pero en el cántico de las olas que hamacan el descenso no fluye ninguna ayuda, es un ruido blanco, a veces un shoegaze agridulce a lo My Bloody Valentine; y eso no le alcanza a Diego. Tal vez un Rodrigo desaforado desde el culo de la muerte le grite la respuesta algún día. O no. Quizás ese Arco nunca la va a tener adentro.

PD del remordimiento: Te queremos, Diego. Con una mano terrenal en el corazón, confesamos que todos soñamos, y seguimos soñando, con hacerle aquellos dos goles a todos los Peter Shilton que atajan bajo la corona. No somos tan dignos, apenas unos renacuajos vivitos y coleando en el estanque del mundo. Gracias por la Campaña, Comandante.

































































