Tener o no tener
Decapitar puede ser un sentimiento, un no puedo parar. Ustedes saben: a Ana Bolena, reina consorte de Inglaterra, y a María Antonieta, de mismo cargo pero en Francia, les tocó protagonizar el truquito, generalmente exhibido ante el empacho de súbditos y nobles sacados de rencor (aunque Bolena exigió función privada), de separar la cabeza, sea cual fuere la belleza anatómica que guarde u ostente, del cuerpo, todo ese tanto que solemos apreciar y juzgar con más sádica dedicación. Convengamos: aquel acto nada tiene que ver con la habilidad del ilusionista matriculado, ya casi caduca también, de desmantelar una mesa sin inmutar la vajilla que pasa de posarse en la tela a hacerlo en la madera. Porque no nos engañemos, que aquello no fue magia ni ilusión, fue pura carnicería.
Pero algo habrán hecho esas dos, la Ana y la María, primeras mediáticas en ser señaladas por los minúsculos de turno como pumas de bengala, leonas de la Metro Golden, para que las terminen como gallinas. Ok, no justifiquemos, ni acusemos sin razón, ni seamos necios, y mucho menos, hombres necios que acusan a la mujer sin razón. Tampoco nos dejemos dominar por la complacencia facilonga, hermanos de género, tratemos de ubicar nuestra admiración crítica en contexto. Pero, admitámoslo, qué fiaca gauchesca nos da el intento de entender el pasado con espíritu académico; seamos honestos con nuestros sarmientos de ayer y hoy, volvamos a mirar las últimas dos pelis que invocan a esas damas y sus circunstancias (The other Boleyn Girl, de Justin Chadwick, y Marie Antoinette, de Sofia Coppola), y mejor nos ocupamos como panelistas todo terreno –todo tormento- de nuestro presente. Entonces, aquella costumbre del primer viejo mundo, la de dejar al títere gubernamental (Real allá) sin cabeza, se hizo posibilidad y charla de café tras el reclamo del presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati, durante el último acto del Campo en El Rosedal: “hay que descabezar la gobernación bonaerense”. Y desató la polémica en los medios -en TN no hizo falta, allí anda como loca sin medicar. ¿No se percataron de que casi todos sus títulos llevan esa palabrita?-, y agitó las repercusiones oficiales, entre ellas, las del jebe de Gabinete, Aníbal Fernández, que acusó en rima primaria al ruralista de “golpista hecho y derecho que promueve un accionar contrario al derecho”, y del Ministro de Economía, Amado Boudou, quien interpretó de “lamentables y vergonzosas” a las expresiones porque tienden a un “clima de crispación”. Uno que aseguran cubrió al propio Biolcati, que, pobrecito, cuando le desean felicidad de fiestas manifiesta, obnubilado y en tic nervioso, “poco feliz, poco feliz”.
En contraposición, como ya relatamos, en el primer viejo mundo casi nunca andan con vueltas. Hay uno, inglés se sospecha en las oficinas de Scotland Yard durante las charlas formales de té, que, guardado en la niebla del crimen anónimo –como su ídolo, Jack el El Destripador-, anda decapitando celebridades y no tanto –interviniendo artísticamente- en las publicidades estáticas callejeras. El, claro, firma su desorden corporal como The Decapitator. Con maestría de bisturí, nuestro solitario caminante sin rostro (¿sin cabeza?), al que nos cuesta creer jinete, ya se dividió a Shakira –porque canta siempre en el mismo tono la misma canción-, a Daft Punk –porque cual piqueteros sudamericanos no dan la cara, y eso es de muy mal gusto allí- y hasta a los castísimos jóvenes de High School Musical -simplemente porque los envidia, los aborrece, ¡son tan carilindos!-.
En fin, ¿qué nos deja todo esto? Que aquí se nos va la vida hablando de mini revoluciones, mientras que allí van a los bifes, a los cuellos, bah.















































































