La estrategia de la estampa
Las fotografías de Irving Penn se remontan a un mundo hace tiempo perdido, ya que, en pos de ajustar razones, los años 40 en Nueva York, en donde comenzó su carrera a la eternidad mentando las tapas de la revista Vogue, son un hábitat cultural tan ajeno e imposible como el Parque Jurásico de Mr. Spielberg. Debemos tener en cuenta que la ciudad Sinatra aún estaba impregnada de una luz ribereña, que la radio era la modernidad y si no llevabas sombrero, eras visto como un ratero sin producción o un homeless desalineado. Hoy, los de la primera y la última calaña, llevan viseras o gorras de béisbol. La moda del reo ha cambiado, es cada vez más inmadura.
Las constantes que buscó el fotógrafo norteamericano fueron cierta elegancia, una feliz resignación en el gesto, del trabajador corriente y cierta determinación en profundizar la pertenencia del artista al status de lo prodigioso. Retrató a celebridades de toda moral como Truman Capote, Miles Davis, Stravinsky, Picasso, Ingmar Bergman, Janis Joplin, Hitchcock y Marlene Dietrich, y a common people como plomeros, vendedores, bomberos, carniceros y empleadas domésticas. La mirada de Penn ubicaba a ambos grupos en un estado no cotidiano para ellos, para nosotros, guarecidas sus espaldas por la nada, sin fondos ni signos, sin ambientes de utilería ni de realidad: el cuerpo del retratado a secas, calzando la estrategia de su estampa artística o laboral. A veces se desentendía de la gente, se ocupaba de sus sobras, objetos de dudosa prestancia, como colillas de cigarrillos, frutas podridas y ropa vieja. Y nunca dejaba que el aburrimiento lo alcanzara en su vida, en su trabajo; iba de Nueva York a París, de ahí a Londres, de ahí a Nueva Guinea, de ahí a Camerún, de ahí al desierto de Marruecos, de ahí a rodearse de tribus indígenas del Perú, las cuales retrató fuera de su contexto; recibió menos aplausos que críticas por esto. También, como todo hombre, tuvo su párrafo amoroso; en 1950 se casó con la modelo Lisa Fonssagrives, su otra obsesión favorita.
Ah, Penn se murió, o no se dejó alcanzar una vez más por el tedio, a principios de octubre; con 92 años aún vivía en Manhattan, rodeado de primitivos.






































































